Nací en una época en la que la televisión en Argentina todavía se veía en blanco y negro. Crecí en una familia católica no practicante. Nuestra vida religiosa se limitaba, casi exclusivamente, a dos celebraciones tradicionales: la Navidad y la Pascua. Mi abuela paterna era quien vivía la fe con mayor devoción, aferrada a las costumbres y celebraciones de la Iglesia.
Sin embargo, desde muy pequeño descubrí que mi manera de acercarme a Dios era diferente.
Nunca me sentí cómodo en las iglesias llenas de gente. Prefería entrar cuando estaban casi vacías, fuera del horario de misa. Recuerdo el sonido de mis propios pasos resonando entre las paredes y el silencio que envolvía aquellas enormes naves. Me sentaba solo en un banco y, en ese instante, sentía que estaba más cerca de Dios que en cualquier otro lugar.
Mi relación con Él siempre fue íntima y silenciosa. En mi habitación, en mis pensamientos, en esos diálogos que nadie escuchaba. Nadie me enseñó a buscarlo de esa manera. Simplemente era el lugar donde encontraba paz.
Los años transcurrieron entre aciertos y errores, alegrías y tristezas. Formé una familia, me casé y llegaron mis hijos. Pero en los primeros años de este siglo ocurrió un hecho que marcó profundamente mi vida: la muerte de mi padre.
Algo se quebró dentro de mí.
Aunque mi madre seguía con vida, experimenté una sensación difícil de explicar: me sentía huérfano. Ese vacío comenzó a despertar preguntas que nunca antes me había hecho. Ya no me alcanzaba con repetir oraciones aprendidas ni con asistir ocasionalmente a una iglesia. Sentía la necesidad de encontrar respuestas más profundas. Intuía que debía existir mucho más que aquello que había conocido hasta entonces.
Fue entonces cuando, de una manera que todavía hoy me cuesta describir, comencé a sentir un llamado silencioso. Como si una fuerza invisible me guiara con suavidad, paso a paso, hacia un lugar que Dios ya había preparado para mí.
Ese camino me llevó a una iglesia cristiana evangélica.
Al principio encontré un ambiente en el que me sentía cómodo. Con el tiempo comprendí que no era simplemente comodidad. Era paz. Una paz nueva, profunda, que nunca antes había experimentado.
Por primera vez en mi vida compré una Biblia. Aún recuerdo aquella edición de tapas azules y el canto de sus hojas teñido de rojo. Nunca la olvidaré.
Tenía poco más de cuarenta años cuando descubrí algo que transformó mi vida. En medio del dolor por la ausencia de mi padre, encontré el abrazo de mi Padre celestial. Allí comenzó un camino que continúa hasta el día de hoy.
Desde entonces nació en mí un deseo que nunca se apagó: conocer a Dios de primera mano.
No quería limitarme a creer lo que otros decían acerca de Él. Quería descubrir, por mí mismo, lo que Él había revelado en Su Palabra.
Han pasado muchos años desde entonces, y ese deseo sigue intacto.
Necesito hablar con Dios. Cuando el ritmo de la vida me distrae y postergo esos momentos, siempre encuentro que Él vuelve a llamarme. Nunca falla. Y cada vez que respondo a ese llamado, vuelvo a experimentar la misma seguridad y la misma paz.
Por eso escribo.
Cada mañana procuro acercarme un poco más a las Escrituras, porque estoy convencido de que allí conocemos verdaderamente a Dios. Nadie puede reemplazar esa experiencia personal. Nadie puede vivirla por nosotros.
Mis libros nacen de ese anhelo: invitar a otros a descubrir la riqueza de la Biblia, a pensar, a preguntar, a estudiar y a desarrollar una relación directa con Dios, fundada en Su Palabra.
Porque la fe más firme no es la que depende de lo que otros nos cuentan, sino la que nace del encuentro personal con Dios a través de las Escrituras.